Como una galleta que se suicida en leche, como un cartón un día de lluvia, como mis ojos cuando te miran…

Yo, me deshago…

Marisa Sánchez

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Aquí yacen los besos

Mi boca se arrastraba

por el desierto de tu cara

buscando parar la sed

en esos labios

que me susurraban recuerdos

de alguien que no llevaba tu nombre.

Cerrar los ojos y verle a él

acertando con mis acordes,

reinando en ese país

que se llama sueño

y escribiendo en mi piel

“Aquí yacen los besos”.

Marisa Sánchez

Arroparte

Arroparte en sueños

y despertar cada mañana

besándote la memoria

hasta que desees olvidarme.

Marisa Sánchez

Querido Hemingway:

Leí no hace mucho tiempo tu Decálogo del escritor, curioso para mi entender el mandamiento número tres. Me hizo pensar un “Mézclate estrechamente con la vida”. Si somos parte de esa vida no tendríamos que parar para mezclarnos, atractivo es imaginar que hay un “todo” y luego estás “tú”, algo egocéntrico y atrevido, rozando el terrible hubris, palabra derivada del término heleno hibris. Fiebre de muchos dictadores y poderosos megalomaniacos causantes de tanto dolor a grandes naciones. No debemos olvidar que somos engranajes cada uno importante en su esencia formando parte de la vida en la que un sólo Dios podría elegir mezclarse o no. Nosotros sí podemos decidir abrir los ojos dentro de esa mezcla en la que estamos inmersos y no ser anoréxicos de emociones, no negarnos ni a tener miedos ni a sentir y respirar con la conciencia libre y tranquila todo lo que podamos.

Marisa Sánchez

Trencémonos

Hoy hace día
de trenzar tus piernas 
con las mías,
de escuchar a qué sabe
el amor
mientras nos bebemos el susurro.
Hoy hace día
de disecar los silencios
asesinados por risas,
y arropar mil besos dormidos
con tus labios adictivos

Marisa Sánchez

Página 100

Viento que no respira pero que trae aquel olor a libro viejo y a libro recién parido que no llora. Recuerdos de mí siendo niña jugando en el taller de encuadernación de mi padre, ojos verdes brillantes mirando aquellas letras estampadas en “oro de ricos”, como me gustaba decir. Mientras, ponía mi cara redonda sobre el libro recién estampado para sentir su calor buscando el latido. Me entretenía quitando con mi dedito mojado en saliva, el sobrante de oro del centro de las letras estampadas. Era divertido a escondidas dibujar sonrisas en la página 100, y así darle un premio a su dueño cuando llegara a ese momento. Corretear entre montañas de libros, de muchos colores, mientras la voz de mi padre como si se tratara de la lectura de una partitura, sonaba advirtiéndome al ritmo del martillo que domaba a un lomo castigándole a ser redondo. Letras de cobre de muchos tamaños, que me enseñaron a leer antes que mis compañeros formando palabras sacándolas de sus casitas, y haciendo familias que tenían hijitos más pequeños. Deslumbrada por aquellos tomos antiguos y ese olor a engrudo, piel, papeles de aguas cuyos dibujos laberínticos me llevaban a inventar mil formas e imaginar figuras como cuando lo hacemos con las nubes. Nubes que mueve el viento y me trae aquel olor a libro viejo y a libro recién parido.

Marisa Sánchez

 

Libre de pecado

Te quedaste sin piedras,

tirabas siempre la primera.

Me gustabas más antes,

con tus pecados

y cuando teníamos los dos

nuestros sacos llenos.

Marisa Sánchez