Página 100

Viento que no respira pero que trae aquel olor a libro viejo y a libro recién parido que no llora. Recuerdos de mí siendo niña jugando en el taller de encuadernación de mi padre, ojos verdes brillantes mirando aquellas letras estampadas en “oro de ricos”, como me gustaba decir. Mientras, ponía mi cara redonda sobre el libro recién estampado para sentir su calor buscando el latido. Me entretenía quitando con mi dedito mojado en saliva, el sobrante de oro del centro de las letras estampadas. Era divertido a escondidas dibujar sonrisas en la página 100, y así darle un premio a su dueño cuando llegara a ese momento. Corretear entre montañas de libros, de muchos colores, mientras la voz de mi padre como si se tratara de la lectura de una partitura, sonaba advirtiéndome al ritmo del martillo que domaba a un lomo castigándole a ser redondo. Letras de cobre de muchos tamaños, que me enseñaron a leer antes que mis compañeros formando palabras sacándolas de sus casitas, y haciendo familias que tenían hijitos más pequeños. Deslumbrada por aquellos tomos antiguos y ese olor a engrudo, piel, papeles de aguas cuyos dibujos laberínticos me llevaban a inventar mil formas e imaginar figuras como cuando lo hacemos con las nubes. Nubes que mueve el viento y me trae aquel olor a libro viejo y a libro recién parido.

Marisa Sánchez

 

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